Por: Esteban Couto

Varios testimonios de asesinos seriales corroboran que después de cometer el primer asesinato, los crímenes subsiguientes son más fáciles de sobrellevar; el cuerpo y la mente se acostumbran al arroyo de sangre, al olor a muerte que exhala por última vez la víctima. Puedo imaginar que en la época prehispánica, en tiempos donde los sacrificios humanos a los sangrientos dioses moches eran pan de cada día, los verdugos -dispuestos a blandir el cuchillo ceremonial sobre la garganta o el corazón de la ofrenda humana- habían internalizado su rutina de quitar la vida a tal punto que hacerlo era tan normal como para nosotros cortar en trozos la carne para cocerla junto a los demás ingredientes del menú del día.

Para recrear una historia truculenta como «Bajo la piel» (1996), Francisco Lombardi comprendió que debía haber detrás del asesino en serie un sustento sólido para matar, un conocimiento detrás de su siniestra labor, una serie de símbolos que recaen en la figura de un dios degollador moche, un arma homicida que nadie puede hallar o una estrategia bien pensada para aprovecharse de la ignorancia de todo un pueblo, avasallado por la violencia de la guerra interna y los psicosociales de moda de los diarios amarillistas, y así pasar desapercibido para seguir perpetrando sus delitos. Basarse en narraciones de Fiodor Dostoievski y recurrir a las ya clásicas simbologías de los cuentos de Poe, ayudó a dar forma al guión de este thriller de suspenso que se convirtió en un referente inmediato de la obra cinematográfica de este director nacido en Tacna. En plena víspera del aniversario del distrito de Palle, en el norte del Perú, se halla la tercera cabeza humana en un basural, la tercera víctima de un asesino que sabe bien cómo decapitarlas limpiamente, sin dejar rastro ni de él ni del resto de los cuerpos. Percy Corzo (José Luis Ruiz), el joven comisionado a cargo de la única delegación de Policía del pueblo, será el encargado de dar con el responsable de aquellas muertes. Tiene un sospechoso en la mira (el arqueólogo especialista en cultura mochica que dirige el museo, interpretado magistralmente por Gianfranco Brero), una atractiva forense fanática de Poe que le ayudará con las pesquisas del caso (interpretada por la española Ana Risueño) y muchos problemas alrededor que tomarán forma en el hijo del alcalde, Gino Leyva (en la actuación especial de Diego Bertie), quien a menudo transgrede las normas amparado por el poder político que ostenta su padre, don Fausto, encarnado por Jorge Rodríguez Paz (actor fetiche del cineasta tacneño).

En esta oportunidad, para #MiEscenaFavorita elegí de esta película una escena trascendental para el desarrollo de la trama: una vez encarcelado el sospechoso, un ya perturbado Percy Corzo ingresa a la celda para interrogarlo y sacar una confesión directa que lo inculpe, aunque su pericia vaya más allá de la búsqueda de la verdad. En un momento determinado mira al asesino directamente a los ojos y le pregunta casi obsesivamente: «¿Cómo es posible que una persona como usted termine haciendo algo así? ¿Qué se necesita…?». La intensidad de aquella escena (prácticamente el aprendiz pidiendo furtivamente al maestro su consejo) solo pudo lograrse con la impresionante manera en que José Luis Ruiz se metió en su personaje, ad portas de sufrir una metamorfosis que cambiaría por completo su vida y la de los demás en el distrito de Palle. Escalofriante película de suspense con un soundtrack más que acertado para cada momento de la historia. Un trabajo profesional de principio a fin que hace de este largometraje una pieza clave en la filmografía de Pancho Lombardi y del incipiente cine nacional.

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