Famosa fotografía del poeta en Versailles Park de 1929 (Cortesía: Dominio Público).

Por: Esteban Couto.

Si me preguntaran: ¿a quién elegirías como poeta del Bicentenario?, diría, sin dudarlo, César Vallejo.

No sólo por ser el pionero de la Vanguardia poética latinoamericana; Vallejo creó (es un hecho) uno de los poemarios más revolucionarios y con mayor trascendencia de la historia de la humanidad: «Trilce» (1922), una reinvención del mundo, del tiempo, del espacio y de la existencia humana (así como del dolor de intentar comprenderla) a través de la ruptura de la palabra.

Muchos críticos literarios, en su época, sufrieron el shock de la irrupción estética establecida en este segundo poemario. Entre ellos, tal vez el más recordado por sus palabras de estupefacción ante un discurso poético totalmente diferente al que se solía utilizar a menudo hasta esos años sea Luis Alberto Sánchez, para quien «Trilce fue un escándalo de silencio […] mucho manjar exótico para un paladar limeño de 1922», sabiéndose demasiado cerca de un tesoro encantado cuyo antimonio podía asfixiarlo si no descubría los secretos de su tapado. Por eso prefirió llamarlo «exótico» a decirle «mamarracho» como sí lo hicieron algunos críticos, literatos y medios escritos más cerrados o conservadores.

Y es que el planteamiento estético de Vallejo en «Trilce», comenzando por su título (del cual nadie se atreve aún a dar por sentada una interpretación: si bien pueda referirse a una «tristeza dulce» o a una «trinidad dulce» o cualquier camino del poemario que conduzca a una transformación constante donde el número 3 tiene mucho que ver), va de la mano con la evolución del tema que aborda: la temporalidad, ese avanzar imparable e inefable del tiempo en el que todos estamos inmersos, al cual nos sometemos espontáneamente sin poder hacer nada y que nos produce tal angustia que nos impulsa a cuestionarnos sobre nuestra propia naturaleza humana, donde vida y muerte como caras de una misma moneda dan vueltas en el aire mientras observamos impotentes qué puede tocarnos cuando caiga a tierra. Por ello el poemario es complejo y de una belleza extraña, etérea, de otro mundo, que sólo puede palparse brevemente si se siente. Desde el hecho de ordenar los poemas con números romanos hasta el curioso caso de que sean exactamente 77 los textos que lo integran, «Trilce» se erige, como lo comentaría Antenor Orrego en el prólogo a su primera edición, con una escritura propia y auténticamente nueva, que «descuartiza la muñeca de la retórica». Así, Vallejo expone su situación frente al mundo apelando al ritmo interior, habla de sí mismo en tercera persona (se despoja del yo; se mimetiza con el universo) como si su voz se separara de su ser y adquiriera vida por su cuenta para visitar otros planos insondables, planos que se hallan en los límites del lenguaje, sobrevolándolos y mirando las cosas cual alma en trance o en viaje astral.

Poemas como el III (el cual comentaré para nuestra sección #LetrópolisÍgnea) parecieran ubicarse en ese límite o en una especie de limbo donde los vivos y los muertos estuvieran en un espacio en caos. Y es que la orientación temática o puramente emocional del libro se dirige hacia ese punto, rompiendo la palabra, partiendo de su más prístina esencia para desembocar en la continuidad del pasado al que alude, «en la consciencia de que la vida es una muerte progresiva» como apuntara Victoria Herreros Schencke. Esa es la manera en la que evoca a su familia, a la madre, a los hermanos, entre la niebla ausente de su añorado y ciego Santiago. Como eje del poema: la incertidumbre y angustia que produce el miedo a la muerte, al implacable reloj que avanza y deja entrevista la posible pérdida, la madre que tarda en llegar y la desesperación por las circunstancias alrededor de ese hecho. La angustia se torna aún más existencial al observar la atmósfera cargada de oscuras premoniciones, de ese sentir fantasma, atemporal (el tiempo mudo como telón de fondo), que toca a sus hermanos: Aguedita, Nativa, Miguel, a quienes debe cuidar, entretener a través del juego (ahí también el lenguaje se torna lúdico), para olvidar por el momento que la tragedia puede estar acechándolos. Impregnado del habla regional, el yo poético reclama, cuestiona, se indigna pero vuelve a la senda de la obediencia para cuidar a los hermanos vulnerables, porque lo necesitan, porque todos se necesitan unos a otros. Al final lo hace saber reconociendo su propio miedo, más que a la muerte, al abandono, a la soledad, a todo lo que esto implica y lo mantiene atrapado en sí mismo, en su más ontológica ansiedad o aflicción que le hace ver al mundo como lo que es: una burbuja que encierra a los vivos en una especie de prisión.

«Trilce», según Herreros Schencke, es un tránsito, un viaje sin ruta, la imagen kinésica, que se desplaza y da la impresión de estar huyendo entre neologismos, disociaciones entre significado y significante, y contradicciones; un yo poético que se sumerge en el inconsciente y la exploración humana de forma primitiva, en una suerte de instinto de conservación del lenguaje que nos hace ver al poeta retornando a sus raíces. Quizá por ello su discurso, nutrido de voces nuevas y regionalismos, fue en su momento tan shockeante y revolucionario que pocos pudieron comprenderlo, hasta muchos años después en que los estudios retóricos o hermenéuticos tuvieron un progreso y supieron adaptarse al orden del caos planteado por el vate santiaguino.

En su conjunto, «Trilce» posee varios poemas destacados, muchos de ellos ya conocidos (los poemas II, V, XIII, XVIII, XXVIII, LV, LX y LXV, por ejemplo) gracias a la labor crítica posterior que ubicó a este libro en el lugar que se merece: ser el pilar que marca un antes y un después en la poesía contemporánea. Y es por esta razón tan emocional, entrañable, traslúcida, que considero a César Vallejo el verdadero poeta del Bicentenario y a su obra completa (con «Trilce» en el corazón), un capital simbólico valiosísimo para la identidad de todos los peruanos.

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