Fotografía de una conversación entre Saúl Faúndez y Alfonso Fernández (Cortesía: Esteban Couto).

Por: Esteban Couto

Cuando Francisco Lombardi tuvo luz verde de la producción para rodar «Tinta roja» (2000), adaptación peruana de la novela homónima del chileno Alberto Fuguet, viajó a España para entrevistarse con un actor de ese país y ficharlo con el fin de que representara a Faúndez, el cínico aunque experimentado jefe de redacción de la sección Policiales del diario El Clamor. El fracaso de esta entrevista le hizo reconsiderar el papel protagónico, que terminó recayendo en la persona de Gianfranco Brero, quien explotó el personaje al máximo, robándose prácticamente la película con su magistral interpretación.

Y es que este personaje, mal hablado, frío, alcohólico, sin moral ni decencia a la hora de redactar una noticia, pero con la experiencia suficiente para aprovechar toda la información que llega a sus manos y convertirla en una historia truculenta, intrigante, que capte la atención del lector, también tiene un lado humano que, paulatinamente, lo descubre ante Alfonso Fernández Ferrer (Giovanni Ciccia), el joven aprendiz que llega al periódico a hacer sus prácticas profesionales para al fin graduarse y seguir su sueño de convertirse en un afamado escritor (cualquier parecido con Varguitas no es coincidencia, y Lombardi lo sabe). Alfonso, de hecho, llega a esta sección por órdenes expresas del editor en jefe de El Clamor, Ortega, quien encarga Espectáculos a su compañera de prácticas, Nadia, dejándolo a él sin la sección que más le gustaba y conminándolo a la prensa roja.

Es así que Alfonso y Faúndez se lanzan a las calles en busca de la noticia, acudiendo al escenario de los crímenes que a diario se perpetraban en la ciudad y convirtiendo a este último en mentor del primero, situación que al inicio resulta chocante para el joven aprendiz. Los otros miembros del equipo: Van Gogh, el chófer y Escalona, el fotógrafo, también le muestran a Alfonso los secretos del oficio, entre ellos cómo condicionar los sentimientos de las víctimas para obtener fotos, declaraciones y datos de vital importancia para la noticia. Gran parte de ese aprendizaje en el campo laboral lo consigue del experimentado Faúndez, de manera cruda y sin tapujos, para quien la censura sobre temas como fluidos corporales, datos aún no confirmados, mentiras y demás no tiene razón de ser, tildando esas cosas de «mariconadas». Para Faúndez, lo más importante es que el lector se meta en la noticia, que se identifique con ella y, aún más importante: «… Que sienta que esto le pudo pasar a él». Esto lo dice expresamente en la que para mí es #MiEscenaFavorita (tanto por los gestos marcados del actor como por su trascendencia en la trama), donde además vuelca una idea recurrente en la película y que trata de proyectar la imagen que tenían los diarios chicha y amarillistas de la época: el sensacionalismo y la inventiva a la hora de redactar una noticia vale más que el dato veraz o fiel a la realidad. Se puede apreciar por ello, en esta escena, cómo Faúndez voltea una nota acerca de un asesinato por infidelidad perpetrado por una mujer, dándole un vuelo imaginativo y, al mismo tiempo, «aprovechando» todo lo que le contó en confidencia la asesina para recrear con palabras el hecho, crear toda una atmósfera y darle la dosis exacta de «morbo» para enganchar al lector. Y, por supuesto, la moralina y la fidelidad con lo real para Faúndez están de más cuando se trata de vender un diario como El Clamor.

«Tinta roja» es una de las pocas películas peruanas que ha sido aclamada en diversos festivales internacionales como el de La Habana o el de San Sebastián, siendo este último en el que se premió con la Concha de Plata a Gianfranco Brero por su representación redonda de Faúndez. Con un guion ágil escrito por Giovanna Pollarolo, y la coproducción de Perú y España, este drama ambientado en la década de los 90 es una obra maestra no sólo proyectada para el beneplácito de los cinéfilos, sino utilizada como ejemplo en universidades en clases de periodismo y ética. En palabras de Diego Olivas, «un retrato honesto y oscuro de Lima» y del periodismo chicha que nadie debe pasar por alto.

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