El sufijo anglosajón -gate es utilizado siempre que se asocia un caso en específico con un escándalo de grandes proporciones, uno de índole político en particular. Leer o escuchar por ahí acerca del «Vacunagate» para algunos podría parecer raro o irrisorio, casi incomprensible; sin embargo, para quienes conocen y saben de historia, se remitirán al escándalo político que dio origen al sufijo que actualmente se acuña al actual caso de los escándalos de las vacunas en nuestro país.

El escándalo Watergate a principios de la década del 70 hace referencia al conocido robo perpetrado por 5 hombres dentro de las instalaciones del Partido Demócrata por órdenes expresas del entonces presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, con el fin de conseguir información de sus opositores políticos y así tomar ventaja sobre ellos en las próximas elecciones. De hecho, es gracias a esta jugada sucia que Nixon consigue reelegirse como presidente por segunda vez consecutiva. El asunto aquí es que éste, para evitar un escándalo mayor, movió las piezas que consideró necesarias y gastó dinero del Estado en la defensa y absolución de estos 5 hombres implicados en el robo al Watergate.

¿Cómo es que se develó, entonces, dicho escándalo considerando toda la maquinaria política que operó para mantener zanjado el asunto y hacer pasar desapercibida la verdad en los medios? A través de la ficción cinematográfica, «All the President’s men» (1976) o por su traducción al español «Todos los hombres del Presidente» nos narra precisamente cómo dos periodistas del Washington Post, el joven y entusiasta Bob Woodward (Robert Redford) y el experimentado Carl Bernstein (Dustin Hoffman), se encargan de investigar este suceso aparentemente de poca importancia, pero que bien intuyen ambos, tiene profundas implicancias políticas.

La película avanza lentamente a medida que los reporteros van tras las pistas que consideran adecuadas para develar el por qué los fondos de la comisión de reelección de Nixon llegaron a parar a la cuenta de uno de los ladrones del Watergate. No obstante, parece ser que estas pistas no son suficientes, e incluso la pareja de periodistas llegan a pensar que están haciendo algo mal, ya que nadie de la comisión quiere hablar al respecto, dando siempre a callejones sin salida. Ni siquiera Deep Throat, la fuente fantasma de Woodward, parece dar la información necesaria para develar estos secretos.

#MiEscenaFavorita recae justamente en uno de los pasajes más memorables de la película, puesto que se establece un interesante paralelo en una sola toma entre la llamada de Woodward a Kenneth H. Dalhberg para buscar una explicación del cheque que lleva su nombre (y que llegó a la cuenta bancaria de uno de los ladrones del Watergate) y el anuncio del pedido de la renuncia del senador Eagleton por parte de Nixon. Ante la evasiva inicial de Dalhberg, Woodward hace otra llamada a un nervioso McGregor, encargado del comité de reelección, quien también evade las preguntas que le hace. En una siguiente llamada que se cruza con la de McGregor, finalmente le confirma Dahlberg al periodista que el cheque se lo había entregado a Stans, el jefe de Finanzas del Presidente. El rostro de Woodward se ilumina porque cree haber dado en el blanco, pero esta solo sería la punta del iceberg de toda una red de mentiras que intentaba ocultar los tentáculos de Nixon en el caso Watergate. «Todos los hombres del Presidente» fue dirigida por Alan J. Pakula y el guión es la adaptación del libro homónimo publicado por Woodward y Bernstein en 1974. La calidad de la adaptación fue tan brillante que le valió un Oscar en 1977 a William Goldman por Mejor Guión Adaptado. Asimismo, el film recibió dicho galardón a Mejor Actor de Reparto por la destacada interpretación de Jason Robards como Ben Bradlee y en las categorías de Mejor Diseño de Producción y Mejor Sonido.

Premios más que merecidos a una labor destacada en dar a conocer al espectador, desde la ficción, un asunto histórico de gran calibre como lo fueron las movidas sucias en las que estaba implicado Nixon y casi toda la Casa Blanca. Por ello y por ser considerado «cultural o estéticamente significativo», este largometraje ha sido incluido en el Registro Nacional de Filmes de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

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