Por Esteban Couto

En nuestro país existe hoy una especie de «boom» narrativo en el género infantil-juvenil. Diversas editoriales han puesto los ojos sobre autores cuya temática y estilo se apegan más a las exigencias requeridas para el éxito en ventas en el mercado del libro. No obstante, muchos de estos narradores nunca han escrito expresamente para los niños o jóvenes: su estilo, muy oportunista, solo se ajusta a lo que la empresa editorial desea y algunos, incluso, manifiestan que nunca ha sido su intención inscribirse en el marco de la literatura infantil o juvenil. Este nunca fue el caso de Horacio Quiroga, maestro uruguayo de la narrativa latinoamericana, cuyo libro «Cuentos de la selva» (1918) fue dedicado con especial ahínco para los niños.

Publicado por vez primera en Buenos Aires, Quiroga decidió narrar en los 8 cuentos que lo componen (en la edición que tengo de Oveja Negra se añaden también otros relatos, entre ellos «Anaconda») diversas historias de carácter fabulesco que, sin embargo, no pretenden ser fábulas (aunque sus personajes animales se hallen evidentemente humanizados), y se circunscriben en la bella y a la vez peligrosa selva de Misiones en Argentina. Unas veces plagados de ternura y valores morales, y otras pintadas de una violencia necesaria para mostrar la crudeza de la vida en un espacio agreste donde todos los seres interactúan en un afán por sobrevivir, estos cuentos nos muestran a manera de reflejo los mismos miedos y anhelos que tenemos desde la voz de un loro, una tortuga gigante o un yacaré, siempre con un lenguaje propio de la región, apegado a la realidad de una América latina con su natural esencia aderezada de verdor.

En el fragmento del cuento que escogí para #LetrópolisÍgnea, se muestra al coatí (animal omnívoro silvestre que habita en el norte argentino) como protagonista de una singular aventura. Con un carácter bastante didáctico, la madre coatí suelta a sus hijos para que vayan ellos mismos por su alimento y les hace las recomendaciones debidas a cada uno, en especial por los perros de caza que van tras ellos. El tercer coatí, quien ama devorar huevos, va tras su alimento y se enfrenta a la disyuntiva de obedecer o no a mamá coatí, preguntándose qué podría pasar si no le hace caso a sus consejos. Es ahí cuando el conflicto se desencadena para complicar más las cosas en dicho periplo por la búsqueda de alimento.Cada relato del libro está narrado por una voz omnisciente, la cual nos lleva paulatinamente a cada rincón de la jungla misionera para mostrarnos una alegoría más del mundo y la vida, tan salvaje como la urbe donde el ser humano también pugna por adaptarse para alcanzar la supervivencia.

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